Cristina Garcia Garcia • 3 de septiembre de 2026

Ácido fólico, metilfolato y virus: ¿qué ocurre dentro de la célula?

Cuando hablamos de vitamina B9 solemos utilizar como si fueran sinónimos las palabras folato, ácido fólico y metilfolato, pero no son exactamente lo mismo.

El folato es la forma natural que encontramos en los alimentos. El ácido fólico es una forma sintética que aparece habitualmente en suplementos y alimentos fortificados. El metilfolato, o 5-MTHF, es una forma activa que el organismo puede utilizar de manera más directa. La diferencia importante está en cómo entra cada uno en nuestro metabolismo y en cuánto trabajo tiene que hacer el organismo antes de poder utilizarlo.

El ácido fólico necesita transformarse antes de ser funcional. Para hacerlo depende, entre otras, de una enzima llamada DHFR. Esta transformación tiene una capacidad limitada y además puede variar bastante entre unas personas y otras. Cuando aportamos más ácido fólico del que podemos convertir con facilidad, una parte puede quedar circulando como ácido fólico no metabolizado, conocido como UMFA. Esto está bien descrito y se relaciona con una mayor exposición a ácido fólico procedente de suplementos y alimentos fortificados.


La pregunta no debería ser simplemente: “¿Estoy tomando suficiente vitamina B9?”, sino “¿En qué forma la estoy tomando y qué capacidad tiene mi organismo para transformarla?”

Podemos tener un suplemento con ácido fólico, consumir además alimentos enriquecidos y terminar añadiendo repetidamente una forma que todavía necesita ser procesada. Más ácido fólico no significa necesariamente más folato útil dentro de la célula.


El metilfolato entra de otra manera. El 5-MTHF ya es una forma reducida y activa, por lo que evita los primeros pasos que necesita el ácido fólico. Esto no quiere decir que el ácido fólico sea siempre perjudicial ni que el metilfolato sea siempre necesario, pero sí explica por qué no son metabólicamente equivalentes.

Aquí aparece otra cuestión interesante. Cuando hay mucho ácido fólico circulante que todavía no ha sido metabolizado, puede competir con formas reducidas de folato por determinados transportadores, proteínas de unión o enzimas y es aquí donde necesitamos entender para qué sirve después esa vía.

El folato no participa únicamente en metilación. También ayuda a fabricar purinas y timidilato, que son piezas fundamentales para construir ADN y ARN. En otras palabras, el metabolismo del folato proporciona parte del material que una célula necesita cuando tiene que copiar material genético y dividirse.

Esto es necesario y fisiológico. Lo necesitamos para renovar la mucosa intestinal, formar células sanguíneas, reparar tejidos o permitir el desarrollo embrionario. Pero la misma maquinaria puede ser utilizada en otros contextos.


¿Y qué ocurre cuando existe una infección viral?

Un virus no puede reproducirse solo. Necesita entrar en una célula y utilizar su maquinaria para fabricar nuevas copias de sí mismo. Una vez dentro, necesita producir grandes cantidades de material genético viral y para hacerlo necesita nucleótidos.

Aquí es donde el metabolismo del folato se vuelve especialmente interesante. Algunos virus son capaces de reprogramar el metabolismo de la célula infectada para aumentar la producción de los nucleótidos que necesitan para replicarse. En SARS-CoV-2, por ejemplo, se ha observado una reprogramación del metabolismo de un carbono y del folato para favorecer la síntesis de purinas necesarias para fabricar ARN viral. Es decir, el virus no “come ácido fólico” directamente; lo que hace es secuestrar una vía celular en la que el folato tiene un papel fundamental.

Esta diferencia es importante para entender el mecanismo, no tenemos por un lado “ácido fólico” y por otro “virus”. Lo que tenemos es una célula con una maquinaria destinada a fabricar nucleótidos, y un virus que intenta aumentar el rendimiento de esa maquinaria para reproducirse.

Entonces aparece una pregunta muy interesante: si durante una infección el virus está intentando aumentar precisamente esa vía de fabricación de nucleótidos, ¿tiene sentido añadir grandes cantidades de ácido fólico sin saber si existe realmente un déficit?

Desde una mirada de regulación metabólica, suplementar por necesidad y suplementar por exceso son dos situaciones completamente diferentes.


Lo que sí sabemos es que determinadas rutas del metabolismo del folato son necesarias para la replicación de algunos virus y que interferir experimentalmente con ellas puede reducir esa replicación. Lo que no podemos convertir automáticamente en una regla es que “tomar ácido fólico hace que todos los virus se multipliquen más”, porque en humanos la relación entre suplementación, disponibilidad intracelular y replicación viral es mucho más compleja. De hecho, los datos clínicos sobre ácido fólico e infecciones virales no muestran una relación simple en una única dirección.

Pero esto no elimina la pregunta metabólica, al contrario, la hace más interesante: ¿por qué suplementar grandes cantidades de una vía relacionada con síntesis de nucleótidos si no sabemos que esa persona necesita ese aporte?

Y aquí la diferencia entre ácido fólico y metilfolato vuelve a ser importante. El metilfolato entra directamente en una zona de la vía muy relacionada con la remetilación de homocisteína a metionina, mientras que el ácido fólico necesita convertirse primero para incorporarse al conjunto de folatos activos. Pero tampoco debemos pensar que el metilfolato queda completamente apartado de la fabricación de ADN o ARN. Una vez dentro del ciclo, los folatos se reciclan y pueden terminar participando en distintas ramas de la misma red. Por tanto, el metilfolato no es una estrategia para “evitar que un virus tenga folato”.

La ventaja es otra: si realmente necesitamos aportar B9, el metilfolato evita parte de la conversión inicial y no añade ácido fólico no metabolizado procedente de ese suplemento.

Por eso tiene sentido diferenciar entre una persona con un déficit real y otra que toma ácido fólico simplemente porque aparece en un multivitamínico. También tiene sentido revisar los alimentos fortificados. Un cereal, una harina enriquecida, una bebida vitamínica y un suplemento pueden estar sumando ácido fólico a lo largo del mismo día sin que la persona sea consciente de la carga total. El problema no es comer alimentos naturalmente ricos en folato. Espinacas, brócoli, espárragos, legumbres o aguacate forman parte de una fisiología nutricional completamente distinta a añadir de forma repetida ácido fólico sintético.


Entonces las preguntas empiezan a ser mucho más útiles: ¿tengo realmente un déficit? ¿Por qué lo tengo? ¿Estoy suplementando ácido fólico o metilfolato? ¿Cuánto ácido fólico estoy recibiendo además de alimentos fortificados? ¿Cómo está mi vitamina B12? ¿Cómo está mi homocisteína? ¿Existe un problema de absorción? ¿Estoy atravesando un momento de alta demanda celular o una infección activa?

Porque quizá el problema no sea que falte más materia prima. Quizá necesitamos saber en qué punto de la vía está el problema antes de seguir añadiendo material.


La B12 es especialmente importante. El folato y la vitamina B12 trabajan juntos en la remetilación de homocisteína. Por eso una persona puede añadir folato y seguir teniendo una vía alterada si falta B12. Incluso una cantidad elevada de folato puede mejorar algunos signos hematológicos de una deficiencia de B12 mientras persiste el riesgo neurológico. Por eso una cifra de folato alta en una analítica no significa automáticamente que el metabolismo del folato esté funcionando correctamente.

Y quizá esta sea la idea más importante: el folato es imprescindible, pero no funciona aislado y más no siempre significa mejor. Necesitamos la cantidad adecuada, la forma adecuada y, sobre todo, entender el contexto.

Durante una infección viral, la célula puede estar siendo metabólicamente reprogramada para fabricar nucleótidos. Durante la reparación de una mucosa también necesitamos nucleótidos. Durante el desarrollo embrionario necesitamos una enorme capacidad de división celular. La misma vía puede participar en procesos fisiológicos o ser aprovechada en procesos patológicos.

Por eso la pregunta no debería ser simplemente “¿el ácido fólico es bueno o malo?”, sino algo mucho más interesante: “¿qué está ocurriendo en esta persona y qué vía estoy alimentando cuando suplemento?”


Si existe una necesidad real de vitamina B9, hay que corregirla, pero si vamos a suplementar durante meses, merece la pena mirar qué forma utilizamos y cuánto ácido fólico sintético estamos acumulando. Cuando el objetivo es aportar folato sin depender de los primeros pasos de reducción del ácido fólico, el 5-MTHF puede ser una alternativa más directa. Y si además ya consumimos alimentos fortificados, quizá antes de añadir otro suplemento convenga mirar la carga total.


La cuestión no es tener miedo al folato. Es comprenderlo. El ácido fólico necesita ser convertido, esa conversión tiene límites y el folato activo acaba entrando en una red que conecta metilación, reparación, síntesis de ADN y ARN y proliferación celular. Esa misma red puede ser utilizada por un virus para replicarse.

Quizá la mejor pregunta antes de suplementar sea: ¿necesito realmente más B9 o necesito entender mejor qué está haciendo mi organismo con la que ya tiene?

Entender para aprender. Aprender para decidir.

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